La pintura reciente de Geovanny Pesántez está íntimamente vinculada a su experiencia chamánica, a su relación con las “plantas maestras” que propician experiencias perceptuales intensas. Sus obras evocan esos “vuelos” chamánicos, esos viajes interiores provocados por el poder psicoactivo de la ayahuasca y el San Pedro, aquellos enteógenos que conforman “las tecnologías arcaicas del éxtasis”, en palabras de Mircea Eliade, pues su ingesta nos pone en contacto con lo sagrado. El centro de esas visiones es el cuerpo femenino. Mujeres que parecen dormir o levitar, cuerpos en trance rodeados de flores, lianas y otras formas vegetales; cuerpos envueltos en volutas de humo que parecen desbordar el cuadro envolviéndonos en su aroma. Tal es la dimensión sensorial de su pintura, de estas superficies lisas embadurnadas de cera, sahumadas con incienso, como una piel que llama al tacto, que nos seduce con su fragancia sutil, recóndita.
Estos desnudos atravesados de un componente místico, onírico y veladamente erótico, bordeados de elementos naturales inscriben sus cuadros en el linaje del prerrafaelismo y del simbolismo decimonónicos. Hay sigilosas conexiones entre las mujeres de Pesántez y las Ofelias de John Everett Millais y Odilón Redon, la Beata Beatrix y la Venus Verticordia de Dante Gabriel Rossetti, las bañistas de Puvis de Chavannes, y otras bellezas seductoras y misteriosas. Con una diferencia fundamental: las modelos de Pesántez –con sus reminiscencias míticas y culturales–, tienen una impronta contemporánea: son cuerpos rebeldes –a veces tatuados–, abocados a su propia exploración corporal y espiritual.
En consonancia con su origen ritual y mágico los tondos de Pesantez no son una mera elección formal sino que sugieren la dimensión simbólica del círculo (flujo constante y cíclico; eternidad y transformación), pero también replican la postura fetal recurrente en sus personajes, el movimiento primal del cuerpo cuando se enrosca para protegerse, para defenderse. Así lucen sus mujeres, replegadas, abandonadas a su sueño, al flujo íntimo de sus fantasías; cuerpos levitando en el espacio de la pintura, a punto de romper la placenta del óleo para erigirse en presencias tridimensionales gracias al virtuosismo figurativo con que han sido pintadas.
El artista recupera el origen ritual y mágico de sus obras en el acto de pintar. Sobre el bastidor tendido encima de una mesa, Pesantez parece curar la pintura, purificar las formas, pues sahúma la tela ya dibujada con aromas vegetales y la convierte en una especie de altar profano, donde ha esparcido muchas velas cuya cera recoge y plancha con su espátula caliente, fundiéndolo todo con el óleo y el líquido de la ayahuasca. Estas operaciones otorgan una dimensión performática a su pintura. No es difícil recordar –salvadas todas las distancias–, los preparativos de Armando Reverón, y aún más cerca en el tiempo: las danzas rituales de Jackson Pollock alrededor de la tela –a la manera de ciertas culturas nativas americanas–. Pero quizá la relación de Pesántez con el lienzo es más erótica: lo acaricia, lo soba, lo limpia.
Como en un cuento o en un poema de Borges, la pintura de Geovanny Pesántez sueña mujeres que a su vez nos sueñan.
Cristóbal Zapata